Soy propenso a abandonar cigarrillos encendidos en el cenicero de la terraza para dedicarme a otras ocupaciones dando vueltas de un lado a otro de la casa. Cuando paso por delante de la puerta de la terraza; la abro y saco medio cuerpo para darle una calada, expulso el humo para que no entre en la casa y vuelvo a las vueltas y las tareas. Lo que me hace maldecir en hebreo es el día, bastante a menudo, que me olvido del cigarrillo y cuando vuelvo me encuentro una escultura de ceniza que se mantiene como una funambulista; pero que si rozas se desmorona. De un tiempo a esta parte obsevo, asombrado, que mis cigarrillos tienen el buen gusto de apagarse cuando los dejo allí abandonados. Sigo maldiciendo en hebreo porque la mitad de las veces me pilla sin mechero encima y tengo que ir a buscar uno; pero en el fondo les estoy agradecido por mostrar esa empatía en estos tiempos de crisis; es como si me dijesen:
- ¿Ves? Nos hemos apagado para no consumirnos innecesariamente. Estamos mirando por tu economía.
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