El tipo del bloque de enfrente no deja de mirarme. Estoy en mi salón ensayando un speech para el bufete sobre la nueva reforma laboral. El tipo no deja de mirarme. ¿Es porque estoy subido en una silla; en calzoncillos y ejecutivos, a punto de coger un catarro?. No deja de mirarme. ¿Cómo explicarle que sigo la recomendación de un amigo psicólogo que me lió con eso de “tu esfuerzo es tu premio”? No deja de mirarme fijamente. He agarrado la bombilla de la lámpara para disimular; pero no le parece creíble. Sigue mirándome, mi intimidad ha pasado a su jurisprudencia. ¿Qué puedo hacer?
-¡El apotegma de Pater dice que todo Arte aspira a la condición de la Música!- le grito.
El tipo ha levantado su dedo al estilo César, se ha girado y se ha puesto a hurgar en un bonsái.
No puedo dejar de mirarle.
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